La leyenda del Negro Sánchez

17 de agosto, 2005



Esta historia me encanta: el Chiri y yo estábamos en mi pieza de arriba escuchando Pescado Rabioso o algo de eso, mientras promediaba el año 88. Nos habíamos escapado de la clase de gimnasia, y era una tardecita intrascendente de junio. Entonces, a la mitad de A Starosta el Idiota, suena el teléfono. Atiendo y del otro lado alguien dice un color y un apellido. Me pongo pálido. Tapo el auricular y le digo al Chiri, asustadísimo: ¿Sabés quién llama? El Negro Sánchez.

El Chiri se ríe, incrédulo, porque es imposible. Al Negro Sánchez lo conocía todo el mundo en Mercedes, pero más que nada de mentas. No era famoso: era trístemente célebre. Nosotros, por supuesto, habíamos oído también sobre su leyenda, aunque jamás le habíamos visto la cara.

La leyenda decía que el Negro Sánchez, a los nueve años, había sido campeón provincial de tiro con pistola, y que desde entonces se había convertido en un chico fibroso, oscuro y demencial. A los quince, ya tenía mala fama en todo el Oeste. A los dieciocho, se había trenzado en peleas sanguinarias con tipos más grandes que él, y los había mandado, uno por uno, a la clínica Cruz Azul. Se decía que el Negro Sánchez no dejaba moretones: dejaba politraumatismo encefálico.

La tarde que llamó a casa por sorpresa, La Leyenda ya tenía casi venticuatro años, y las cosas que se comentaban sobre él traspasaban todas las fronteras. Se decía que había matado a un señor a patadas en la cabeza, que había huído clandestino a Chile, y que había vuelto años después, y de noche.

Ahora vivíamos en la misma ciudad, pero en dimensiones diferentes de la ciudad: el Chiri y yo éramos dos loquitos sociables que andábamos siempre escribiendo guiones y tirándonos piedras en la plaza; y él, en cambio, ya se había convertido en un personaje marginal frente al que las viejas se persignaban mientras cambiaban de vereda.

El Chiri, por supuesto, pensó que el llamado intempestivo era una joda. Así que se fue al otro teléfono a escuchar la conversación, que fue corta.

—¿Sos el Gordo Casciari? —me dice la voz del Negro Sánchez, cavernosa. Yo trago saliva y digo que sí.

—Me estuve enterando que vos y el Chiri Basilis están haciendo un documental sobre Mercedes, para Telecable… —Digo que sí.

—Entonces los quiero ver en media hora en La Recoba. Busquenmé en la mesa de los espejos. —Digo que bueno, y me corta.

Nos quedamos quietos, el Chiri y yo, cada cual con su teléfono en la mano, y con los ojos como el dos de oro. (Años después, recordando esto, confesamos habernos sentido como si a Borges lo hubiera telefoneado don Nicanor Paredes.)

Salimos de casa sin hablar. Nueve cuadras en silencio, cosa rara. Llegamos a La Recoba y cogoteamos para el lado de las mesas. Una sombra nos levantó la mano. Ahí estaba: Pablo Alberto Sánchez en persona; La Leyenda. Él iba por el segundo wisky; el Chiri y yo pedimos dos cervezas y nos sentamos sin decir una palabra. Éramos conscientes de que nuestra adolescencia, en ese momento de la tarde, estaba torciendo el rumbo para siempre.

 

A las dos horas de charla descubrimos que no. No nos habíamos encontrado con un mito viviente, sino con un tipo cansado de su fama pendenciera. O capaz que el hombre estaba en un día bajo, pero lo cierto es que no parecía la clase de criminal salvaje del que hablaba todo el pueblo.

Se le había ocurrido una idea, nos contó. Quería escribirle cien cartas, a máquina, a las cien personas más importantes de su vida. Nos pedía ayuda gramatical. Nos dijo que una vez escritas las cartas, iba a comprar cien sobres con cien estampillas, y se las iba a mandar por correo a los elegidos.

—Obviamente todas las cartas, si las pongo juntas una arriba de la otra —nos dijo— van a ser también mi autobiografía.

Un malevo de suburbio no habla así, pensamos con el Chiri. Un asesino que mata gente a patadas no tiene esas ideas buenísimas.

Después quiso que le contáramos el proyecto de documental que estábamos filmando, y se interesó mucho en los detalles. Se notaba, con claridad, que tenía deseos intelectuales que no podía satisfacer en su ambiente marginal. Y que nos había elegido a nosotros para involucrarse con otra clase de gente, a ser posible desde el territorio de las ideas.

A nosotros lo que nos asombraba era su lucidez, pero sobre todo la oscuridad de donde provenía. Su inteligencia, mezclada con su epopeya, nos provocó fascinación durante años. Por eso, porque nos necesitábamos en ese momento de la vida, nos hicimos grandes amigos a una velocidad inusual, y hasta el día de hoy.

A la tarde siguiente volvimos a encontrarnos, pero esta vez nos fuimos directo para mi casa. Los tres. Eran las cuatro de la tarde de un día laborable (no hubiera llevado jamás al Negro Sánchez a casa con mis padres adentro). La que sí estaba era mi hermana, que tenía catorce años y estudiaba solfeo en el comedor, justo a esa hora.

Mi hermana me odiaba; a mí, y a todos mis amigos.

Entramos sigilosamente, y cuando íbamos a encarar derecho para mi pieza, el Negro Sánchez se quedó embobado con la música del piano y se metió al comedor sin pedir permiso. Yo temblé, porque mi hermana era muy inestable en aquella época, y era capaz de mandarlo a la mierda sin saber que era el Negro Sánchez, un tipo que había matado gente por menos que un insulto. El Chiri directamente cerró los ojos.

Mi hermana, al sentir presencias, dejó de tocar el piano y se dio la vuelta. Nos vio a los tres ahí parados, y dijo lo de siempre:

—¡Rajen de acá que estoy estudiando, estúpidos!

El Negro Sánchez la miró fijo a los ojos, y se acercó dos pasos. El Chiri y yo supimos entonces que había sido una mala idea traer a casa a un criminal para hablar de literatura. Lo supimos, como casi todo en la vida, demasiado tarde. El Negro Sánchez seguía mirando a mi hermanita de catorce años a los ojos, y ella a él. Durante un siglo el silencio de todo Mercedes hizo equilibrio en la línea recta de esas dos miradas. Entonces habló La Leyenda:

—¿Cómo te llamás?

—Florencia —dijo mi hermana.

—Con tu hermano vamos a quedarnos acá en el comedor, Florencia —dijo el Negro Sánchez—. Así que mejor que toques el piano otro día. Ahora quiero que vayas a la cocina y me prepares un té.

Al revés de lo que esperábamos, mi hermana se levantó del taburete, hipnotizada, y salió en silencio para la cocina. La Leyenda se acomodó en el sillón, como si no hubiera ocurrido ningún milagro. Ni el Chiri ni yo podíamos creer de qué modo aquel hombre oscuro había amansado a la fiera.

Cinco minutos más tarde, mi hermana volvió con una taza de té, y se la dejó en la mesita sin decir ni pío. Tres años más tarde se casaron y se fueron de Mercedes.

Ahora mi hermana está esperando el cuarto hijo del Negro Sánchez, que llegará en septiembre de este año. Yo soy el padrino de Rebeca, la primera, que ahora tiene la misma edad que tenía mi hermana cuando se fue a prepararle un té a La Leyenda.


Hernán Casciari
miércoles 17 de agosto, 2005

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90 comentarios La leyenda del Negro Sánchez

  1. Carla Pereyra #89    2 mayo, 2013 a las 10:54 pm

    “Durante un siglo el silencio de todo Mercedes hizo equilibrio en la línea recta de esas dos miradas.” Me saco el sombrero que no tengo, maestro.

  2. walquiria #88    28 noviembre, 2005 a las 2:13 pm

    Acotaciones a los últimos comments
    1) La tía Ingrid a la que hace referencia Juan, soy yo, Walquiria, tía de Hernán, por lo cual Juan y Hernán son primos.- Y sí, cumplí los 50…
    2) No era 15 de septiembre, fue el 15 de octubre
    3) Curiosidad: las 88 teclas del piano que tocaba Juan esa noche del 15/10 eran las mismas 88 teclas que tocaba Florencia el supuesto día que conoció al Negro Sanchez.- Ese piano, luego de una extraña permuta por una motito terminó en mi casa.-
    4)No importó que los Sanchez llegaran tarde a la fiesta, lo importante es que llegaron a pesar de todos los inconvenientes que tuvieron, y eso se agradece.- Otros se hubieran quedado tomando mate en su casa.-
    5) Como dice Chichita los Sanchez son una familia ejemplar.-
    Fin
    Un beso
    Walquiria

  3. Pablo Sánchez #87    12 noviembre, 2005 a las 5:48 am

    A decir verdad, no había llegado tan tarde como se comenta, lo que si es muy cierto es que Juan me llevaba una ventaja notable en la cantidad de copas la cual intenté recuperar sin éxito. De todos modos tuve el honor de presenciar a “Los Carabajal’s” en el mejor de los momentos del trío. Una velada Cool y cajetilla 100%.
    También tuve la suerte de rescatar al grupo de Jerónimo, “El tiempo corre” al cual pueden conocer en esta pagina: http://www.eltiempocorre.tk/ y fotolog.terra.com.ar/eltiempocorre los primeros pasos de una banda que va a dar que hablar…

  4. juan carabajal #85    17 octubre, 2005 a las 11:34 pm

    ahi va la ultima del negro…15 de septiembre de 2005,mi tia Ingrid festejaba sus 50 en su nueva casa de beccar, el negro y florencia con sus 4 hijos llegaban tarde , se habian perdido en el trayecto la plata -beccar, ya habia tocado una banda , habian pasado los mariachis y con mis dos hermanos (Pedro en Cello y Ana en flauta traversa) estabamos por el tercer tema de astor piazzolla… entre cinco copas de vino yo atinaba lo mejor posible a esas 88 teclas del piano, la gente escuchaba atenta y en medio de “Libertango” escuche…- Juan…¡empiezen de nuevo!Habia llegado el negro sanchez

  5. Pablo Sanchez #83    25 septiembre, 2005 a las 7:00 am

    Bueno racinguista i, tal vez Ud. quiera saber sobre mi accidente en el acensor del cual salí ileso, o quizá quiera profundizar en el echo y que le cuente con detalles morbosos la forma en la que fueron desapareciendo los testigos del mismo, no sé, su pedido suena capcioso…

  6. Gabriel #77    21 agosto, 2005 a las 11:39 am

    Deduciendo responsabilidades, asumo que el famoso Negro Sánchez fue el mismo que echó a la empleada de la casa de los Casciari después de 9 años de servicio. Quisiera que me proporcionaran más información, sólo para sacarme la duda.

    “El ruido del garage”

  7. pecadora #76    20 agosto, 2005 a las 6:22 pm

    Che, a ver si se ponen las pilas y opinan sobre la calidad literaria del post, que esto ya parece “orsai,orsai” (como “corazón, corazón” español)

  8. Lukre #75    20 agosto, 2005 a las 9:02 am

    Después de leer el comentario de Chichita, que debe ser tu madre, veo que lo del negro quedo en su juventud.
    Menudo cuñado te echaste Hernán.
    Bueno mejor dicho, menudo personaje se caso con tu hermana 🙂

  9. Gabriel #72    20 agosto, 2005 a las 2:56 am

    Un cuñado asesino… mis cuñados han sido siempre mocosos sucios, salsas, borrachos y buscapleitos, pero nunca han matado a ningún señor a patadas en la cabeza (al menos que yo sepa jajaja…)

  10. DudaDesnuda #66    19 agosto, 2005 a las 7:01 am

    Ángel, te olvidaste de Raúl Porchetto.

    Chichita: pero antes de conocer a la nena, era tan jodido como lo cuenta Hernán o éste para darle mas emoción al relato se mando algunas exageraciones dignas de un andaluz???

    Besos y salvavidas.

  11. Chichita (suegra orgullosa) #61    19 agosto, 2005 a las 12:34 am

    Como cuento me encanto. Pero ni ahi!..de parecido al negrito Sanchez que yo conozco.
    Pocas suegras pueden hablar bien de sus yernos como yo. Mas aun, muchas menos quieren a sus yernos como yo quiero al negro. (por algo recorri toda Barcelona para encontrar el perfume que a el le gustaba) Es un exelente esposo,un exelente padre. Si vieran ustedes lo bien educados que son mis tres ñietos. Y lo mas raro aun lo cariñosos que son con todas las personas. Eso indica que Pablo y Florencia han formado una familia como pocas se ven en estos tiempos, tan convulsionados, en donde la familia pareceria algo obsoleta.
    Roberto y yo estamos orgullosos del yerno que tenemos. Y esto no es un cuento. y tampoco se si esta bien escrito. Solo se que esta escrito con el corazon .Y es la verdad.

  12. Laura C. #59    18 agosto, 2005 a las 11:51 pm

    Yo no imagino la situación con el Negro gritándole a tu hermana…Me lo imagino con la mirada de un ofidio(si digo víbora es demasiado fuerte no?)que congela a su víctima antes de devorarla!Pah!Me salió perverso el coment!

  13. no #58    18 agosto, 2005 a las 11:36 pm

    Pero y si lo que pasó fue que empezó una relacion basada en la violencia?

    Ya de entrada la chica actua en forma violenta para hechar a los pibes.

    Aparece este loco, le pega un par de gritos y la domina. Habla el mismo idioma de la prepotencia. Ahi baja la cabeza y obedece, pero quizas luego contraataque mas tarde, y luego la relacion se eternice en una guerra-pasión continua.

  14. Mexicanena #53    18 agosto, 2005 a las 7:19 am

    Venga!! Hoy me recomendaron el blog.. que buena historia…
    Buena hasta para exigentes e incredulas como yo

    Lo que me pregunto es que cada cuanto lees los comentarios.. los lees? si los lees para que? para saber si sacó ampula lo que escribiste o solo por curiosidad? o ninguna de esas??

    un bezaso Hernan

¿Desea algo más del sr. Casciari?