Le daba un poco de vergüenza la opulencia obscena de las fiestas de casamiento de los ricos, y también los rituales del amor occidental, porque Agostina siempre había estado en contra del romanticismo clásico: lo creía una imposición machista.
Ya de chica pensaba así. A las compañeritas de colegio que fantaseaban con casarse de blanco en una fiesta enorme, con un marido proveedor que las mantuviera y les diera hijos, siempre las había llamado Susanitas, y ella misma se veía (usando el caleidoscopio de Quino) más cerca de Mafalda o de Libertad.
Por suerte no estuvo sola en su lucha. La única aliada que tenía en su cruzada anti romántica era, al mismo tiempo, su mejor amiga: Roma. Hasta el nombre de su amiga era ‘Amor’ al revés.
Agostina y Roma se conocían desde los seis años y se querían como hermanas. Habían leído los mismos libros, y escuchado la misma música, y habían intercambiado chicos durante la secundaria, y hasta se había murmurado de ellas que podían ser lesbianas.
Pero no, las dos eran fervorosas heterosexuales, solamente que odiaban lo meloso del amor. Porque en vez de ver novelas románticas cuando eran chicas habían visto un montón de documentales sobre la primera y la segunda ola del feminismo, y habían leído a Virginia Wolf y a Judith Butler, y tenían la cabeza abierta como Mafalda y Libertad. Por eso se reían de las Susanitas que se enceguecían con el primer amor galante que se les cruzaba por la calle.
Aunque a las dos les gustaban mucho los hombres, sabían que era un gusto de índole sexual y ocioso; fuera del entretenimiento, les parecía que la masculinidad venía con fallas intelectuales incompatibles.
Los hombres estaban bien, pero como puede estar bien un restaurante de comida rápida: satisface, pero no alimenta.
Lo martes se juntaban solamente a reírse de sus relaciones actuales. Les gustaba más relatar la relación, que tenerla. Y mil veces le hacían bromas pesadas a sus novios únicamente para reírse las dos a solas.
A todos sus novios temporales, Agostina y Roma los ubicaban en las tres escalas del caleidoscopio de Quino: los novios solo podían ser soñadores como Felipes, egocéntricos como Miguelito, o materialistas como Manolo. Solo existían esos tres rubros.
«Ayer salí con un Miguelito que cogía como un Felipe», podía decir Roma, por ejemplo. Y Agostina se descomponía de la risa.
Hablaban en un código que solamente ellas entendían, al menos hasta que Agostina conoció a Salvador. Ahí cambió todo.
Cuando Roma le preguntó por él, esperando una respuesta hilarante, Agostina casi asustada le dijo: «Es un gran chabón». Y se hizo silencio. Porque Roma entendió que su amiga tenía una mirada nueva.
Seis meses después Agostina le dijo a Roma que se iba a casar con Salvador, y que el padre de él (un típico Manolo de multinacional) quería una boda fastuosa, y le pidió por favor que nunca pensara en ella como una Susanita. Y las dos se abrazaron y lloraron.
Una semana antes del casamiento, un novio temporal de Roma quiso hablar con Agostina a solas. A ella le pareció rarísimo, porque no lo conocía en persona, y se encontró con él en un Starbucks.
Se llamaba Alejandro y era un imbécil absoluto. Un Miguelito de camisa adentro del pantalón, de esos que tienen colgada al cuello la tarjeta para abrir las puertas internas del trabajo. Roma estaba con él únicamente porque cogía como un Felipe.
Alejandro, supo Agostina al verlo, estaba perdidamente enamorado de Roma. «Pobre… (pensó Agostina). «Qué cara de nabo tiene»… Pero la siguiente confesión fue peor. Alejandro le suplicó a Agostina que durante su casamiento, en vez de tirar el ramo al aire, se lo diera en mano a Roma, porque él tenía decidido arrodillarse, en ese momento y pedirle matrimonio. Y Alejandro sacó del bolsillo un anillo carísimo y espantoso y se lo mostró. Agostina estuvo a punto de soltar el café-late por la nariz, pero se contuvo porque el idiota la llenó de ternura. Era un imbécil, pero no estaba haciendo ninguna maldad. Era un bulldog francés rompiendo la tela del sillón sin querer.
Mientras miraba el anillo, Agostina pensó cómo era posible que estuviera cometiendo, ese hombre, tantas equivocaciones juntas… ¿Cómo iba a pedirle a una desconocida protagonizar su propia fiesta, una fiesta tan cara, llena de salmón chileno elegido por los idiotas de sus suegros? Pero sobre todo, ¿cómo no podía darse cuenta, este Miguelito, de que Roma no lo amaba, que ni siquiera lo quería, que ni lo «estimaba»? (Estimar es la «Primera D» del amor. Y Roma ni siquiera lo estimaba).
Agostina estaba a punto de mandarlo a cagar, y de decir en voz alta todo lo que pensaba, pero entonces le brillaron los ojos.
Algo latió en ella. Sintió que le debía una última aventura a su amiga, a su compañera desde los seis años, a Roma, la antítesis del amor. Le debía un chiste más, antes de meterse las dos de lleno en la vida adulta, en los hijos, y en todo aquello de lo que se habían burlado.
Un chiste más. Una anécdota final de juventud que las hiciera reír hasta el final de los tiempos.
Y entonces Agustina miró a Alejandro y le dijo: «¡Qué idea genial. Roma se va a morir de felicidad cuando le pidas matrimonio adelante de doscientas desconocidos. Contá conmigo… No hay nada más lindo que la espontaneidad, y vos, Alejandro, la tenés adentro».