Los jefes y los empleados

21 de junio, 2012


—¿Vos sos el jefe de Chiri? —me preguntó Nina. —No. —Entonces Chiri es tu jefe. —Tampoco, pensamos la revista entre los dos. —¿Y si no están de acuerdo en algo, quién gana?

Me quedé pensando, busqué algún caso en la memoria pero no encontré. Le dije asombrado:

—Siempre nos ponemos de acuerdo, dormite.

—¿Pero entonces quién es el jefe de los dos?

—Nadie —le contesté.

Nina se quedó callada, pensé que por fin se quedaba dormida, pero no. Dijo:

—Pero si un día se equivocan, ¿a quién hacen enojar?

Esa noche soñé, nítidamente, un recuerdo de mayo de 1982. En el sueño tengo once años y estoy en mi habitación desgrabando unas entrevistas que les hicimos a los vecinos, en la vereda, la tarde anterior. Les preguntábamos sobre Margaret Thatcher. Chiri está a punto de llegar, fue hasta lo de Guinot a hacer fotocopias del segundo pliego de la revista.

La revista que hacemos se llama Las Cloacas y la vendemos en la escuela, entre nuestros compañeros, sin demasiada algarabía por parte de ellos: solamente se ríen un poco con los dibujos, pero no con los textos. La revista tiene lema: abajo del logo dice, más chiquito, aromas del Cairo.

Son tres pliegos tamaño oficio doblados y grapados: doce páginas en total. La hacemos con mi flamante Lexicon 80, a dos columnas. Antes la hacíamos con la Olivetti portátil de la madre de Chiri, pero la nueva Lexicon que trajo Roberto a casa es de carro ancho, y podemos poner directamente la hoja apaisada. Es difícil hacer los originales a dos columnas y que te quede, cada línea, bien justificada a derecha, pero escribiendo despacio y pensando bien las frases, se puede.

En el sueño yo estoy ahí de manera rotunda; quiero decir, no tengo memoria del futuro. Soy realmente ese gordito, mis únicas preocupaciones son las de esa tarde. Son pocas, pero una me molesta: estoy un poco enojado con Chiri porque no nos ponemos de acuerdo en algo que, a mí, me parece simplísimo: las preguntas de la entrevista tienen que ir en rojo y las respuestas en negro, porque el lector va a entender mejor si la pregunta es de un color y la respuesta de otro.

Chiri dice que es al pedo, porque las fotocopias son en blanco y negro. Yo le digo que en las fotocopias el rojo se convierte en gris, por lo que el efecto se consigue igual. Chiri dice que no. Yo digo que sí. Creo que es la primera vez que nos peleamos.

Chiri se levanta, caliente como una pipa, agarra el original del segundo pliego y se va a lo de Guinot a hacer fotocopias. Yo estoy enojado porque Chiri cree que mis razones son otras. Estoy casi seguro. Él piensa que, como ahora tengo una máquina de escribir con doble tinta, quiero alardear.

Estoy enojado porque es verdad. Estoy enojado por ese instinto que tiene de saber mis verdaderas razones sobre las cosas. Le va a pedir a Guinot que haga las fotocopias con mucho contraste, para que no se note el rojo. Va a volver con esa cara que pone siempre cuando me descubre las intenciones.

En eso estoy pensando cuando Chiri entra a la habitación, con las fotocopias en la mano. No tiene la cara que yo me imaginaba, no está contento ni triste ni enojado. Me dice que afuera hay dos tipos que quieren hablar con nosotros. Lo vuelvo a mirar: está pálido, como si le hubiera pasado algo malo.

—¿Qué tipos? —le pregunto.

—Dos tipos: cuando volví con las fotocopias estaban a punto de tocar timbre.

—¿Y qué quieren?

—Dicen que son empleados nuestros, que ya terminaron la número siete y quieren que aprobemos los originales para entrar a imprenta.

—Será gente que pide —le digo.

—No, es muy raro: uno se parece bastante a mi tío Luis con anteojos; el otro es idéntico a tu abuelo Marcos más joven.

Bajamos la escalera caracol con alarma. Chiri llevaba las fotocopias en la mano y los papeles le temblaban. Mi susto tenía más que ver con su cara de pánico que con mi propia inquietud. Entonces vi, por fin, a los dos hombres que nos estaban buscando; los vi en la vereda hablando entre ellos con tranquilidad, sin apuro.

Supe enseguida lo que Chiri no se animaba a decirme. Me quedé paralizado, mirándolos a través de la cortina. Yo no conocía al tío Luis Basilis, pero a mi abuelo Marcos sí lo conocía muy bien. Y uno de ellos era bastante parecido a mi abuelo: algo más joven, pero igual de serio y de gordo. Pero no era mi abuelo. Y el otro no era el tío Luis.

Miré a Chiri:

—Somos nosotros —le dije.

Él hizo que sí con la cabeza, sin mirarme:

—Somos nosotros, pero viejos.

Hicimos silencio. De repente Chiri dejó de estar asustado (lo supe porque suspiró) y eso me tranquilizó también a mí. Creo que tenía miedo de estar loco él solo, de que ni siquiera yo le creyera.

—¿Cuándo te diste cuenta?

—Enseguida, ni bien me hablaron —me dijo en voz baja—. Yo venía en la bici para tu casa y los vi en la esquina de la Treinta y Dos. El gordo se dio cuenta de que era yo el que venía y le avisó al canoso. De lejos no los reconocí, de cerca me parecieron conocidos, pero cuando me hablaron me di cuenta. No les dije nada, pero me di cuenta. Hablan igual que nosotros.

—Vos tenés canas y anteojos de puto.

—Vos sos gordísimo. Y usás cartera.

—No es una cartera, es un morral de hippie.

—No existen los hippies gordos.

Habíamos levantado la voz y nos oyeron. Los dos hombres miraron a la vez la puerta. El más gordo saludó con la mano. El canoso nos hizo señas para que saliéramos de una vez.

Abrimos la puerta despacio, caminamos hasta la vereda y nos quedamos, los cuatro, mirándonos. El canoso me señaló al verme y le dijo al gordo:

—Ya tenías tetas de chiquito.

Los dos se rieron. Yo me puse colorado y encorvé los hombros. Me dio muchísima bronca ver que Chiri también se reía y se ponía del lado de los mayores. El canoso miró la hora en un rectángulo negro, muy raro, que sacó del bolsillo.

—Boludo, apuremos que tenemos que entrar a imprenta —dijo. El más gordo se acercó y me preguntó:

—¿Hay alguien en casa?

Negué con la cabeza.

—¿A dónde están?

—En la Liga.

—Entonces vamos adentro —dijo, abriendo el morral—, tenemos que solucionar un asunto.

Estuvieron en casa media hora, no mucho más. En ningún momento se presentaron, ni nosotros les preguntamos los nombres. Había algo, más fuerte que las palabras, que nos unía y nos hacía entender quiénes eran. Mejor dicho: quiénes éramos los cuatro.

Nos reunimos en la cocina, ellos caminaban por mi casa sin confundir los pasillos ni las habitaciones. El canoso abrió la heladera sin permiso y sacó una botella de leche. El gordo puso cuatro vasos grandes en la mesa y les echó dos cucharadas soperas de Nesquik a cada uno, menos al suyo. A su vaso le puso seis. Chiri y yo lo mirabámos sin decir nada.

El canoso bebió un trago, entrecerró los ojos y suspiró con alegría:

—¡Ah, la chocolatada de esta época es mil veces mejor! —dijo.

El gordo se llevó el vaso a la boca pero no se detuvo. Bebió y bebió, sin respirar, hasta la última gota. Después se limpió la boca con el mantel.

Ya no me quedaban dudas: ese gordo era yo. Y lo peor es que yo era ese gordo porque nunca había dejado de tomar la leche de esa manera. Ni siquiera de viejo. Tenía razón el doctor al que me llevaba Chichita: el problema era el Nesquik.

—El asunto es así —se puso serio, de golpe, el canoso—. Estamos haciendo una revista, ya vamos por el número siete, y hasta hoy nunca habíamos tenido un desacuerdo entre nosotros.

—¿Una revista de qué? —pregunté, tratando de que no se me notara la cara de felicidad.

—Cuentos, crónicas —dijo el gordo.

—Historietas, sonetos —agregó el canoso.

Chiri y yo nos miramos y sonreímos. Una semana atrás habíamos tenido una conversación muy seria sobre nuestro futuro y habíamos decidido que nos íbamos a dedicar a hacer revistas. A escribirlas y dibujarlas.

—¿En serio trabajan en una revista? —preguntó Chiri— ¿Escriben o dibujan, o las dos cosas a la vez?

—La dirigimos —dijo el gordo—. Yo soy el editor responsable y él es el jefe de redacción.

—¿Ninguno de los dos dibuja? —pregunté.

—No —respondieron a la vez.

Chiri y yo nos miramos serios.

—¡Pero dirigimos! —dijo el gordo— Buscamos a los que escriben, a los que investigan, a los que dibujan. Pensamos los temas, hacemos garabatos en unas carpetas, llamamos por teléfono a los autores, los cagamos a pedo cuando se atrasan… Deberían estar contentos.

—¿Ustedes están contentos? —pregunté.

—Claro que estamos contentos, gordito infeliz —dijo el canoso, pero no me sonó como un insulto—. Estamos haciendo lo mismo que hacíamos a los doce años. ¿No te das cuenta? Mirá este pliego: es el pliego uno. Y este es el pliego ocho.

—¿Qué problema tienen? —preguntó Chiri.

El canoso le hizo una seña al gordo para que hablara él. El gordo levantó las cejas, como si ya hubiera explicado lo mismo mil veces:

—Se me ocurrió escribir una historia en la página tres, pero se me quedó corta la hoja —dijo, mirando al canoso con rabia—, y la quiero seguir en la página ciento veintiocho. Pero el pajerto no quiere saber nada.

—Es una reverenda pelotudez —dijo el canoso—. Hacemos una revista clásica, no somos vanguardistas, no experimentamos con boludeces.

Se notaba que la discusión venía de lejos. Se quedaron en silencio, mirándonos. Esperaban una solución por parte nuestra.

—¿Por qué tenemos que decidir nosotros?

Yo iba a hacer la misma pregunta, pero Chiri se me adelantó. El gordo grande dijo:

—Porque ustedes son los jefes y nosotros somos los empleados.

Nos quedamos en silencio.

—Quiero decir —siguió—, empezamos a hacer esta revista para cumplir un compromiso con ustedes. No estamos acá por casualidad. Ustedes tuvieron una conversación hace poco.

—En el patio —dijo el canoso—, en el segundo recreo. ¿Se acuerdan?

Asentimos, pálidos.

—Y se juraron algo.

—Sí.

—¿Juraron que iban a ser ricos?

—No.

—¿Que iban a ser famosos?

—No.

—Qué juraron.

Chiri tragó saliva:

—Que cuando fuéramos grandes íbamos a seguir siendo amigos.

—Y qué más —preguntó el gordo.

—Que íbamos a hacer una revista.

Lagrimeamos todos a la vez, como una coreografía de maricones en diferentes períodos de su sensibilidad.

—Nosotros —dijo el canoso— venimos a decirles que está todo bien, que lo que viene va a estar bueno. Porque ese juramento, para nosotros, fue una orden.

—Ustedes son los jefes —dijo el gordo—, los jefes son los que dan las órdenes. Nosotros, los grandes, solamente somos empleados. ¿Aprueban el cambio del editorial, entonces? Decidan rápido porque estamos entrando a imprenta mañana.

—Por mí sí, que vaya el cuento largo —dijo Chiri, y el canoso lo miró con bronca.

—Yo pienso lo mismo —dije—. Si el cuento está bueno, qué importa dónde termina.

Ese es el problema —dijo el canoso, resignado—. Es uno de los peores cuentos que el Gordo escribió en su vida. Es infantil, está lleno de lugares comunes. ¿Saben cómo termina?

—Cómo.

Y entonces me desperté.


Hernán Casciari
jueves 21 de junio, 2012

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242 comentarios Los jefes y los empleados

  1. yesica gonzalez #171    6 marzo, 2014 a las 2:41 pm

    muy bueno! y pensé: no solo los niños son jefes porque están cumpliendo su promesa! si no porque creo que en el fondo todo lo que hacen, escriben, dibujan, dirigen lo hacen para ellos! sobrada muestra la primer revista Bonsai! felicitaciones!

  2. Claudio Maiorano #170    1 respuesta3 agosto, 2013 a las 3:58 pm

    El cuento está bueno, te sorprende, te hace pensar.Pero creo que si me econtrara con mi mismo,el pequeño odiaria al mayor por estúpido y este cagaría a patadas en el culo al pequeño inverbe por maleducado, un desastre.Lo de mantener los principios,gilipolleses,estos se metamorfocean y se adecuan a los tiempos a las circunstancias,al presente, el resto es idealismo, un tema apasionante para la literatura.La vida es vergonsozamente distinta,por suerte podemos contar con gente como “el gordo” para evadirnos aunque solo sea por un momento.

    1. Claudio Maiorano    5 agosto, 2013 a las 11:16 pm

      Cuando nos trasformamos radicalmente, nuestros amigos, los
      que no se han trasformado, se convierten en los fantasmas de nuestro
      propio pasado; su voz resuena en nuestros oídos como si viniera de la
      región de las sombras, como si nos oyésemos a nosotros mismos, más
      jóvenes, pero más duros y menos maduros. Humano, demasiado
      humano.Friedrich Nietzche

  3. LEONEL C #169    3 mayo, 2013 a las 7:49 am

    Buena historia, hace reflexionar sobre los ideales que uno tenía a cierta edad y como algunos de ellos los hemos traicionado y otros sólo se han fortalecido con el paso del tiempo. Sería extremadamente interesante conocer la opinión del joven “Yo” si viera el rumbo que tomo nuestra vida y como nos desarrollamos en el presente, lo mejor de todo es que sí lo podemos saber, solo falta soñar…

  4. CARMEN MARTINEZ #168    14 abril, 2013 a las 8:13 am

    que manera de solucionar las cosas!… siendo fieles a los ideales y a los sentimientos, me gusto muchísimo, me reí y reflexioné sobre lo que uno anhela de chico y que no siempre es lo que llegas a ser de grande…

  5. Pablo Almirón #167    2 abril, 2013 a las 5:04 pm

    Estoy en el Barrio Laguna Seca. El balcón del tercer piso tiene un metro por dos cincuenta. Ahí en ese breve ring, con mis amigos nos terminamos de ver las canas.

  6. Cielito #166    2 abril, 2013 a las 5:42 am

    Me vino de perillas: en particular para mis amigos y nuestra empresita. Otro tema, mismas cosas. =) Te debo otra Casciari. Muchas. Nomás vi el título y la foto del pibe que las arruinaba, compré sin referencias ese libro: no sabía nada, pero nada, de vos o de tus escritos. Así que de forma bien prístina me metí en tus textos y recuerdo mucho como me reí con la parte que tu vieja se encuentra con otra madre en el almacén y le comentan de que en esa escuela aceptan a cualquiera. Un placer!
    Me acuerdo de eso y de que Messi tiene la cara del Totti.
    No mucho más por ahora: salvo este cuento, que sin querer volví a elegir dos veces por azar.
    Chivediamo.

  7. Alex Visic #165    17 febrero, 2013 a las 9:07 pm

    ¡ Esta genial ¡ Da para clásico¡
    Esta muy bueno para coaching (tal vez no les gusté que diga esto).
    Me gusto la forma que te lleva a conectarte con tus compromisos mas profundos.es muy emocionante.. gracias..

  8. Roxana Ema Del Castillo #164    30 diciembre, 2012 a las 1:40 pm

    Esa sera la clave????. Seguir los sueños de chico para tener sierta paz con uno mismo cuando es adulto????
    P.D: yo preferia el Vascolet, cuando lo batias quedaba una capa chocolatosa flotando y me la comia con la cuchara, lo estoy escribiendo y se me hace agua la boca!!!!

  9. HORACIO ALEJANDRO RACCA #162    30 octubre, 2012 a las 8:37 pm

    hoy me suscribi y esta es fue (pri)mer historia…wowwww….excelente!!
    hacer realidad lo que de chico fue un sueño y encima acompañado de un verdadero amigo….para qué mas!!
    …Necesito una audiencia urgente con mi jefe interno para corregir desvíos y redefinir objetivos….Hernan abrazo!

  10. Edgardo Gabriel Perez #160    12 octubre, 2012 a las 6:18 am

    Es un embole cuando te gastan los adjetivos. Es la primera vez que comento una nota de Orsai y la estoy leyendo hace un par de días nada más. Así que para mi es un PRI !!! Estoy desbordado de placer con esta historia. Me hubiera gustado poder sostener mis amigos de la infancia, ya que mis viejos fueron nómades, solo retengo primos y los de la secundaria, que esos son los que llevaré para toda la vida como los mejores. Ahora tengo un par de viejos nuevos amigos. Saludos desde el Chaco.

  11. Camus #158    25 septiembre, 2012 a las 10:35 pm

    Vaya! El segundo relato que leo en esta página y ambos me han gustado mucho. Ya que hablan de Borges, su libro Ficciones es muy bueno, pero puedo decir que estos relatos son buenísimos, creo que cualquiera puede sentirse identificado con ellos. No quiero leer más de la página, pero no sé si pueda aguantar hasta tener la revista en mis manos. Saludos desde México.

  12. Isismery #157    21 septiembre, 2012 a las 10:35 am

    Emocionante el relato, nos permite un viaje a la infancia propia y pensar en los pactos realizados cargados de sueños. Maldito olvido o maldito tiempo que permite, de vez en cuando, que dichos pactos queden sin efectividad. Sin embargo, hay excepciones, hoy leí una, por suerte. Felicitaciones por el relato, pero sobre todo por no dejar que ese pacto muera.
    PD: recordé, al leerlo, un cuento de Borges (salvando las distancias obvias) en el cual se encuentra con su doble. Si el autor quiere, le puedo decir título y dónde lo puede encontrar. Saludos!

  13. Sol Gonzàlez #155    15 septiembre, 2012 a las 2:02 pm

    Mi hijo de dos años tomaba Cola Cao, ante la crisis y mi sentimiento de culpabilidad por comprar marcas blancas, nos hemos pasado al Nesquik. Hicimos la prueba. Cogió una cuchara, la metió directamente en el bote y al metérsela en la boca, el polvo fino se le metió en la nariz. Casi se me ahoga y ahora no quiere ni ver al conejo ¿O es un zorro?. Total, he buscado el antiguo bote de Cola Cao sustituyendo los polvos. Que Dios me perdone!.

  14. TintaSeca #154    12 septiembre, 2012 a las 4:43 pm

    Estimado Hernán:
    Espero que al recibir esta te encuentres bien de salud, al igual que los tuyos, quedando nosotros del mismo modo. Todavía me acuerdo: 2º grado Sta. Maite año 1966. Estoy seguro que fué la última carta que escribí. Sin embargo hace una semana leyendo “los Jefes y los empleados” me quedé en “… el Chiri fué a lo de Guinot a fotocopiar …”, como un disco rayado.
    Tiempo atrás descubrí bitácora, quedé atrapado entre los relatos de Mirta. Seguí leyendo por sobre el hombro de alguien tus cuentos.
    Hace un año me decidí a estudiar música, conservatorio Gilardo Gilardi, primer profesor de teoría: Lucas GUINOT. Le pregunté si conocía tus antecedentes y, ojo, parece que bastante.
    Otro Mercedino talentoso (Pigna, Guinot, Casciari, sigue?)

    Un abrazo.-

¿Desea algo más del sr. Casciari?