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Pausa
Una madrugada, el ascensor de mi departamento de Almagro se quedó entre el tercero y el cuarto, y tuve que salir por el hueco. Del lado de afuera, el portero me decía que lo hiciera sin problemas, que no había riesgos. Y entonces descubrí mi fobia a partirme en dos y me paralicé de terror.
Para mí, los años noventa llegaron en el ochenta y nueve, justo en el momento que Spinetta cantaba «No seas fanática » en los jardines de ATC, y la transmisión se cortó para emitir el discurso del ministro de Economía, Juan Carlos Pugliese.
A los doce o trece años yo estaba tan obsesionado con escribir, con ser escritor, que mi viejo habló con un amigo que dirigía un diario en Mercedes y le pidió por favor que me diera trabajo para que yo no rompiera los huevos.
Estamos en 1980, tengo nueve años y soy adicto a las figuritas del Reino Animal. Cada billete que llega a mis manos, cada moneda, voy y compro paquetes de cinco figuritas. Los abro con nervios porque me falta solamente una, la sesenta y cuatro: la tarántula.
A las nueve de la mañana, en punto, me suena el timbre, atiendo en patas y es un tipo alto, con la voz muy seria, que me mira y me dice: —Disculpe que lo moleste, señor Casciari, pero nos consta que usted todavía es ateo.
Una vez, en un recreo —segundo grado sería—, alguien se dio cuenta de que yo tenía tetas y otro chico, de mi misma edad, me dijo:
Mi papá fue la persona más tímida que yo conocí en la vida. Supongo que su principal objetivo era pasar desapercibido. Era gestor impositivo. Se pasaba el día contando plata que no era de él. Y yo lo miraba todo el tiempo porque no sabía, no lo podía entender.
Las personas que no tienen la costumbre de leer creen que todos los libros son aburridos. A esto lo descubrí en el club Mercedes entre los diez y los doce años. Fue la época en que más libros leí y mejor jugué al tenis en toda mi vida.