De noche coleccionamos cosas

23 de febrero, 2016


Todos nosotros, los ricos y los pobres, los infelices y los distraídos, los occidentales e incluso los que tienen la suerte de usar túnica en verano, todos, sin que importe la raza o la elección sexual o el modelo del iPhone o el corte de pelo, ¡todos!, coleccionamos por la noche algunas cosas en la oscuridad de nuestra habitación.

—¿Sellos postales?

No… Estoy iniciando una metáfora: no se trata de cosas verdaderas como etiquetas de cerveza, ni sellos postales, ni púas de guitarristas famosos; son otras cosas.

—Ah, vale. Perdón.

Se trata de cosas pequeñitas, que a veces se pueden tocar y otras veces solamente se pueden evocar. Podría llamarles partes, ejemplares, muestras, porciones, fragmentos. O pitutos. O pequeños objetos. Pero prefiero decirles ‘cosas’, aunque a los profesores de literatura les parezca un sustantivo pobre. Son cosas propias, muy íntimas, que solamente nosotros sabemos cuánto esfuerzo nos cuesta traer a la oscuridad de la almohada, y con cuánto vicio buscamos durante el día.

Antes de ir a dormir sacamos de los bolsillos estas piezas (estas ‘cosas’) y las acomodamos en unas estanterías que están al costado de la cama.

—Al costado de la cama no tengo estanterías, tengo un póster del Real Madrid.

Esas estanterías también son metafóricas. Es necesario que el lector deje de pensar ahora mismo de forma lineal. De lo contrario va a ser muy complicado avanzar con esta idea.

—Ah, vale, vale. Perdón.

Las ponemos (a estas ‘cosas’) en nuestras estanterías metafóricas y las miramos: las equiparamos con otras muy parecidas que trajimos la noche anterior. Las sopesamos. A veces les comparamos el peso y la estatura. Y después suspiramos con alivio, porque nos encanta sacar de los bolsillos una o dos más cada noche.

—¿Son algo así como pelusa, o arena, que traemos de la calle?

No. No son pelusa ni arena, ni nada que haya realmente en los bolsillos. El hecho de sacar estas cosas de los bolsillos también es una idea simbólica.

—Pues entonces, tío, ponme un ejemplo porque no estoy entendiendo nada.

No importa qué son, pero daré una pista. Intente recordar el lector en qué piensa por la noche, qué lo desvela antes de dormir, y entonces tendrá una respuesta personal e intransferible a esa pregunta.

—Ajá… Otra pista. Esa no ha funcionado.

Nos gusta tener muchas de estas cosas, y que cada noche sean más, y que al final del mes, o del año, compongan una serie. El acopio de estas cosas es nuestro combustible para poder dormir en paz; y, sobre todo, para levantarnos con alguna razón al día siguiente. Porque en realidad somos coleccionistas. Es lo único que somos, además de mamíferos y mezquinos.

—Si no pones un ejemplo esto se vuelve poético.

Algunos coleccionamos billetes, por ejemplo. No somos la mayoría, pero los que elegimos esta variante lo hacemos con gran dedicación. Quienes coleccionamos billetes somos un poco obsesivos: ya desde muy jóvenes queríamos ser ricos y, como bien dice el ciudadano Kane, no es difícil acabar millonarios si lo único que nos importa en la vida es acumular monedas, una atrás de la otra.

—Ahora nos vamos entendiendo. ¡Otro ejemplo!

Otros coleccionamos fobias: todas las noches traemos a la cama un miedo nuevo, un sobresalto flamante, que nos llega desde el borde de la infancia o desde el fondo de un romance que no funcionó. Pero no es una colección triste, porque el acopio nos hace más previsores. Los que coleccionamos miedos en general nos vamos a dormir un poco más temprano y nunca dejamos la habitación en la completa penumbra.

—Pues yo no colecciono nada de esto.

Y la mayoría de nosotros (la clase media del coleccionismo) acopiamos pedacitos diurnos de nuestro ego: si somos superficiales o frívolos, recopilamos los piropos que nos dijeron por la calle, o las miradas furtivas que nos hicieron con envidia o con deseo; si somos alumnos vanidosos, coleccionamos los ‘sigue así’ de las maestras más exigentes; si somos buenos amantes, evocamos nuestras acrobacias de cama, o hacemos crecer el número de nuestras parejas hasta traspasar la centena; si estamos viejos o nos hemos quedado solos, coleccionamos el nombre de todos nuestros nietos y sus gestos, o de todos nuestros gatos y sus ronroneos, o de todos los arrepentimientos de nuestra vida; si somos santos o estamos en una granja de rehabilitación, le enumeramos en voz baja a Dios las buenas acciones que hicimos durante el día y esperamos la tristísima recompensa; si somos asesinos le hacemos nuevas muescas a la culata de la sociopatía; si somos gerentes de banco, apilamos los rostros de los ancianos a los que engañamos congelándoles la pensión para ganar comisiones; si somos futbolistas acopiamos el rugido de la tribuna después de nuestros goles; y si estamos a punto de morir, coleccionamos incluso los parpadeos que indican que todavía estamos vivos.

—¡Joder, tío! Todo eso haréis vosotros los argentinos. Aquí nos quedamos dormidos sin tanto jaleo.

No. La colección nocturna es nuestra única gran coincidencia, sin que importe el tiempo ni la geografía. Somos diferentes en todo menos en eso. Por ejemplo, no se parecen en casi nada un musulmán y un boliviano. Ni tampoco un herrero medieval se parece en nada a un hipster holandés. Ni el propietario del último piso del edificio más alto de Dubai se parece en nada al adolescente que agoniza en un hospital público de Managua, por culpa de una enfermedad que tiene cura. Nos parecemos únicamente en algo.

—Según mi abuela, en que los mismos gusanos nos comerán a todos.

Es verdad. Y en algo más. En que cada noche, antes de quedarnos dormidos, coleccionamos nuestras minucias con ambición y ansiedad (billetes, miedos, vanidades; es lo mismo). Y creemos que todavía no pudimos completar la colección. Y confiamos en que al otro día, con suerte, quizá podamos conseguir un poco más, y después otro poco, para estar más cerca de la felicidad ilusoria que supone coleccionar ridiculeces que no valen nada, pero que sin embargo deseamos tanto conseguir.

—Y tú, argentino, ¿qué coleccionas por la noche?

Antes de irme a acostar, y a veces incluso ya dormido, colecciono diálogos: conversaciones falsas con un lector que casi nunca me entiende.

—¿Y te alcanza con eso para ser feliz?

A veces sí; a veces no.


Hernán Casciari
martes 23 de febrero, 2016

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157 comentarios De noche coleccionamos cosas

  1. Lia #85    1 junio, 2019 a las 12:24 am

    Oh, los famosos estados de la materia o estados de la memoria o estados de la consciencia o estados de consumismo.
    Lo mejor es improvisar jazz, de lo sutil a lo denso en consumación constante, y por la noche que resuene una simple melodía y si tienes suerte, solo una nota, un color, es más sencillo de esta manera, no solo para el que hace la pregunta sino también para el que la responde. A lo mejor estirar el tiempo del eco tenga una proporción diogenesiana, el síndrome de escases posapocapitalista(de la mítica arca de Noé), o quizá también la confusión sea el tiempo, ritmo o acorde equivocado.

    El ilusionista necesita atención y creencia, sigues el movimiento, el truco funciona, pero es siempre ilusión.
    Ej: “es real porque sufres, es mentira porque estás bien”, pero, ¿Qué le pongo a la olla?

    ¡Oh, preciosa materia prima intangible, me fusiono contigo, yo creo que soy tú y tu crees que soy yo!
    Y sin embargo , la olla se mueve, la Pacha Mama siempre nos pone en nuestro sitio y susurra, follaaaa, consumaaaa.

  2. martina scapola #84    6 septiembre, 2016 a las 9:02 pm

    Me emociona encontrar este tipo de coleccionistas, como vos.
    En mi caso, antes de dormir invento una nueva historia o tengo una conversación que nunca existió. Me imagino con mis amigas, diciendoles cosas que nunca dije pero me gustaría decir. Expreso mis teorías, lo que opino del mundo, lo que escribí mentalmente mientras viajaba en colectivo. Escribo lo que no tuve tiempo de escribir en papel.
    Por eso me gusta leerte, no voy a decir que te entiendo, porque la verdad es que vos sos el que entedes y yo la entendida.
    Y te agradezco.

  3. Marina Agazzi #83    9 abril, 2016 a las 4:29 pm

    Hola! soy nueva con el blog y con leerte Hernán. En realidad te escuché varias veces, no en la radio, sino en algún viaje largo en auto, de esos que requieren bastante preparación, como por ejemplo bajarte un par de cuentos y relatos leídos por su propio escritor o por algún otro que lo hace mejor. Así que desde ahí estaba pendiente esto de leerte. Me encantó haber empezado con este texto, sobre todo hoy que es sábado, recién me levanto y todavía recuerdo alguna cosa de la colección nocturna del viernes en la cama. Saludos!!!

  4. El Gusta #82    7 marzo, 2016 a las 2:46 am

    Un interlocutor gaita, es tan molesto en un escrito tuyo como en un doblaje de una serie yanki.
    Si no me creés, tratá de fumarte un capítulo de Mad Men con Don Draper diciendo -¡Tío, coño, qué jaleo!

  5. Samuel Acosta #80    2 marzo, 2016 a las 6:27 pm

    Yo creo que Hernan pasó de la etapa de rememorar su infarto y divorcio, a la de comenzar a filosofar el verdadero sentido de la vida. No obstante, si logró que termine de leer su ensayo, es porque de alguna manera lo hizo bien. Fuerza Hernan, al fin estas superando el peldaño !

  6. Eugenio Piraino #78    1 respuesta1 marzo, 2016 a las 6:58 am

    Lamento mi comentario absurdo a uno de los mejores textos de los últimos tiempos. El mejor desde la resurrección de Hernan.

    Merece una explicación. Estoy fuera de mi país y quería ver si la banderita cambiaba sola por esos milagros de la internet. No, no cambia…

  7. Veronica Moreira #75    29 febrero, 2016 a las 10:13 pm

    Hernan, te invitamos a casa a tomar mate y a tener una charla real con dos lectores q si no te entendemos, prometemos al menos intentarlo. Venite cuando quieras.

  8. Nombrador #73    1 respuesta29 febrero, 2016 a las 4:55 pm

    Al costado de la cama yo no tengo estanterías. Pero tengo un smartphone sobre la mesa de luz. Allí guardo videos, fotos y archivos de texto. Hace poco descubrí que no puedo reproducirlos bien, que las cosas aparecen con pequeñas distorsiones. Primero pensé que era culpa de un virus. Después sospeché de los desalmados y ambiciosos proveedores del servicio que siempre se las ingenian para cobrar más a cambio de menos. Pero luego descubrí que la trampa estaba en la letra chica del mundo desde hace dos mil años. “No podemos bañarnos dos veces en el mismo rio, porque las aguas son distintas y los hombres somos distintos”. Lo dijo un ciego también, “la cambiante forma de la memoria está hecha de olvido”, tal vez acariciando el mismo gato negro que acariciaba Heráclito (¿o era otro?). Coleccionar es un intento inútil de amojonar y encauzar el turbulento rio que se llevará este comentario hacia destinos inciertos. Y , lamentablemente, Messi no verá un segundo antes de morir todos sus goles desde todos los ángulos de la tribuna.

    1. Matias Fernandez    29 febrero, 2016 a las 7:12 pm

      Buena reflexión. Me gustó la frase: La trampa esta en la letra chica del mundo. Dolina dijo una vez “vino alguien de la fiscalia del universo y dijo: en el centro mismo de la creaccion esta escrito…”. Tu frase esta a la altura de Dolina, no es poca cosa.

  9. Vincenzo Delre #72    28 febrero, 2016 a las 8:45 pm

    Gracias por compartir, todos coleccionamos cosas y cosos. He visto una serie para niños en Pakapaka donde Santi, un nene de 4 años con un amigo invisible parecido a un oso-truño peloso muy dulce, colecciona cosos. Es muy lindo, colecciona cosos como boletos del bondi o broches. Y quiere sus cosos. Mi hija que tiene poco más de un año también tiene cosos, su preferido es una foto de Totó, su perro hermano. Como ellos, también el viejo Hiroshi Tanaka, que hoy se volvía a Japón con sus 98 años, colecciona cosos… Solo que el viejo Hiroshi tiene una colección de cosos que pesa más.

  10. Tino Mendieyta #71    27 febrero, 2016 a las 5:02 am

    Envidio el sueño fácil de los niños, de los simplones..Porque por más partido de cansancio que ocupe mi sitio en la cama, mis piezas del museo interior cobran vida..(buena idea para una película, tal vez me desvele pensando en algunos gags al respecto)

  11. Demianchu #70    26 febrero, 2016 a las 4:28 pm

    Diferente pero me gusta! …
    “¡Joder, tío! Todo eso haréis vosotros los argentinos. Aquí nos quedamos dormidos sin tanto jaleo..” me dio risa, es tal cual jejejejjee

  12. JP Garcia #69    26 febrero, 2016 a las 2:17 am

    Tengo un amigo que coleccionaba “unos contra uno” y triangulaciones, soñando en llegar 15 años después a hacerlo para la tele, dirigiendo un equipo de fobal de primera en el país del fobal… siendo DT de hockey. En honor a que 15 años más tarde ahí lo tienen (en Defensa y Justicia) escribí esto como homenaje en http://www.holandia.futbol (un blog cuya única finalidad es que yo publicase UN post sobre mi amigo).

    Debía correr el año 1998. Por casualidades de la vida, mi jefe de aquel entonces me mandó a la casa de Adrián Paenza a “conectarlo a Internet”. En esos tiempos, una cosa tan trivial podía considerarse un proyecto de ingeniería doméstica. El famoso periodista se me reveló como alguien metódico y amable, confirmando la impresión que daba por la tele.

    Había en la casa de Paenza algo que llamó mucho mi atención: en la pared más larga de su estudio, que para mi memoria tendría unos 5 metros, varias bibliotecas móviles se desplazaban silenciosas. En cada una de ellas, apretujados, había una procesión (serían centenares) de casetes VHS de fútbol y de la NBA numerados y etiquetados. En su Macintosh, Paenza tenía listados en documentos Excel, donde indexaba los momentos importantes para saber qué tape revisar y en qué tiempo, para encontrar las jugadas relevantes. En esa época, yo ya sabía (gracias a mi trabajo diario) que Apple iba en un par de años a revolucionar el mundo del vídeo incorporando a todos sus equipos puertos digitales (FireWire), que a la vez serían adoptados por la mayoría de los fabricantes de filmadoras del mundo. Eso dispararía infinidad de nuevos usos en ámbitos muy diversos y, cómo no, en el deporte. Me fui de la casa de Paenza obsesionado con crear un “anotador digital” para vincular ideas con momentos de vídeos de fútbol sin tener que poblar estantes de casetes.

    La casa de Paenza iba a caber en un portátil. Un entrenador podría buscar “Batistuta” y encontrar centenares de jugadas del artillero para verlas al instante. La idea era buena, pero yo tenía un problema: no soy programador. Lo resolví apelando a otro defecto: soy muy testarudo. Así que compré un libro que enseñaba a programar desde cero y empecé en la hoja 1. Mi proyecto de prácticas para aprender a programar era esa herramienta deportiva con la que soñaba. Le robé tiempo durante años a mis horas de sueño y desafié la paciencia de mi esposa hasta que tuve algo más o menos decente, que funcionaba y podía serle útil a entrenadores de verdad.

    Una de las cosas raras que me encontré por el camino, enseñando esa herramienta antaño novedosa, fue a Ariel Holan.

    Yo estaba en mi ciclo interminable de añadir funciones que hicieran más potente mi invento (a la vez que me garantizaban que jamás lo acabaría) cuando coincidí con él. Era evidente que nunca había visto nada igual y que le gustaba mi programa. Hicimos un acuerdo de palabra: él aportaría su visión de entrenador y yo la incorporaría al software para mejorarlo. Holan tenía un problema en aquellos tiempos pre-iPhone: no tenía una Macintosh, necesaria para usar mi software que no funcionaba en otro tipo de computadora. Lo resolvió apelando a su atributo diferencial, la pasión: vendió su auto para comprarse la computadora que iba a destinar solamente a mi software. Se quedó a pie para ayudar a un no programador desconocido a tratar de terminar una herramienta de pronóstico incierto porque había visto algo que le permitiría mejorar su entrenamiento en un deporte amateur.

    El cerebro de Holan no está dividido en dos hemisferios al uso: una parte se dedica a mejorar a sus dirigidos y otra, a perfeccionar su propio proceso de entrenamiento en un bucle obsesivo. A partir de ahí comenzamos una relación de trabajo interesante para los dos: él tenía un software inacabado (e inacabable) pero que al menos le daba las herramientas necesarias para mejorar su disciplina, y yo, un curioso incurable, me adentré en las rutinas de un científico del deporte.

    Holan es una máquina de trabajar. La época que mejor recuerdo es la de la selección uruguaya de hockey. Nos íbamos conduciendo desde Buenos Aires a Montevideo para pasar una semana entrenando en la única cancha sintética de todo Uruguay. Era compartida por varios equipos del campeonato local, que tenía una dimensión comparada con el argentino (en el cual Holan había dirigido a los mejores equipos) como la de una pulga a un perro. El hockey de Uruguay era una pulga y el de Argentina un Gran Danés. A pesar de esto, en 2 años Uruguay ganó una medalla de bronce en los Juegos Panamericanos de la mano de Holan.

    El día comenzaba a las 5 AM. Las jugadoras, amateurs, trabajaban o estudiaban y tenían que entrenar en horarios increíbles y en doble turno: cuando Montevideo aún dormía ya estaban entrenando, y cuando todo Uruguay estaba preparando la cena estaban de vuelta corriendo bajo el frío. Y ahí estaba primero Holan, a los gritos. Creyendo que, además de llegar a entrenar a las 6, éstas debían llegar despiertas y alertas.

    Yo me dedicaba a filmar los entrenamientos, y cuando acababan, los cargaba en la computadora donde él analizaba el trabajo. Discutíamos sobre la mejor forma de avanzar mi software y el rendimiento de su equipo: una de las máximas de Holan es que, sobre todo en un país futbolero como Argentina, cualquiera puede explicar qué se ha hecho mal en un partido, pero que lo difícil es tener métodos para enseñar a corregir los errores y automatizar los movimientos correctos. Esto se aprende con el trabajo como entrenador, cosa que él hacía desde los 16 años, y siempre usaba la tecnología para apoyar sus “driles”, nunca para enseñar lo evidente o sermonear deportistas. “La número 4 ya sabe que perdió la bocha 5 veces, yo uso el vídeo para incorporarle herramientas nuevas que la alejen de ese error”. Las jugadoras se iban a la universidad o al trabajo y se olvidaban del deporte hasta el otro día, mientras Holan seguía analizando y revisando material filmado y sus anotaciones, en jornadas interminables. No recuerdo ningún día de trabajo que no haya acabado simplemente cuando se le caían los ojos a pedazos, y tengo la imagen borrosa de verlo dormirse sentado en la mesa en medio de balbuceos relacionados con “unos contra unos” y la superioridad numérica.

    Armado con su portátil de plástico blanco, improvisaba charlas técnicas hasta dentro de un desvencijado bus “1114” en movimiento, minutos antes de un partido. Llamaba primero a las defensoras y les enseñaba jugadas, cuando veía que se quedaban casi dormidas convocaba a las delanteras y luego se metía en su mundo interior, ahí donde piensa cómo mejorar aún más su “proceso”. Si no hablaba de hockey, terciaba con el fútbol, su gran pasión.

    Ya en aquella época tenía decidido abandonar el deporte que había dominado 20 años, para intentar hacerse un lugar en el hermético mundo del fútbol. En el país de Las Leonas, él, que siempre estaba entre los candidatos para conducirlas, se empecinaba en dejar el palo y la bocha de lado para meterse en un universo cerrado donde nadie lo conocía. Sabía que haciendo el mismo trabajo de siempre podía ganarse la vida mucho mejor, por las cifras que maneja el fútbol profesional, y encima cumplir su sueño. Más allá del dinero, creo que soñaba con contar con más recursos para poder alimentar su sistema, deseoso de tener un equipo imbatible respaldado por una legión de colaboradores sincronizados a la germana. Sabía también que no había ningún entrenador profesional de fútbol en el país que no haya sido antes futbolista, y que demostrar su valía le iba a costar muchísimo. El destino me llevó a vivir en Barcelona desde 2003. Holan seguía trabajando con el software que yo jamás acabaría y como ahora es sabido, empezó a colaborar con técnicos de fútbol como Burruchaga y Almeyda, en proyectos importantes y algunos épicos como devolver a River Plate a la “A”.

    Por causas naturales empecé a ver partidos del Barcelona en mi nueva ciudad, donde debutaba Messi, el sobrenatural. A pesar de mi ignorancia, cuando veía jugar al Barça me acordaba de Holan y las interminables horas de entrenamiento filmadas, donde intentaba que sus equipos de hockey amateur hicieran lo que yo veía en los dirigidos por Rikjard: el arquero se la pasaba, con el pie! a un defensa, que trataba de salir jugando. Cuando se cerraba el camino, vuelta al arquero y empezaban de nuevo. Nadie tiraba un pelotazo de 50 metros. La pelota iba rápida, como una bocha de hockey. La cancha tenía el césped cortísimo y regado, parecía una de hockey sintético. Atacaban todos en bloque y si perdían el balón se mataban por recuperarlo, con Messi como defensor más adelantado. Los árbitros no toleraban más de una o dos faltas violentas antes de mandar a un jugador al vestuario. Era otro deporte, no parecía el fútbol que yo conocía. Rikjard es holandés, cultor de la escuela futbolística admirada por Holan (y de gran influencia en el hockey de todo el mundo).

    Entonces todo encajaba: no era que el Barça se había inspirado en un entrenador gritón de Lomas de Zamora, sino que la estética holandesa había penetrado el hockey del mundo antes de ocupar el escaparate global del fútbol con los éxitos del Barcelona de Guardiola inspirados en Cruyff.

    Doce años después de haberse empecinado en dejar el hockey para meterse en el fútbol, algunos se sorprenden al ver trabajar a Holan en Defensa y Justicia. No deberían.

  13. Javo Salazar #68    1 respuesta26 febrero, 2016 a las 12:19 am

    Hernan, este cuento me sorprendio. Fue un cambio de juego de lado a lado de lo que estamos acostumbrados a leer, igual me gusto aunque tuve que ponerme un poco mas serio para entenderlo.

  14. Diana Hernández #67    2 respuestas25 febrero, 2016 a las 8:06 pm

    Hernán, hiciste de tu blog un reality show literario donde aparentemente una buena parte de tus lectores no les gusta tu nueva vida. Al menos eso entiendo.

    ¿Por qué no haces dos blogs o novelas paralelas? Una donde vuelves con Cristina y regresas al viejo mundo y otro con tu nueva vida (o de otra cosa), donde quizás hasta puedas obtener lectores nuevos. Ni siquiera necesitas informar cual es la historia verdadera.

    Solo una idea.

  15. Leandro Caliri #64    25 febrero, 2016 a las 12:18 pm

    Hernán, ayer le hice escuchar a mi vieja tu audio “prohibido decir negro de mierda” y a los dos minutos se llevó, por primera vez, un libro tuyo a la mesita de tomar mate. Volvió y me preguntó cuántos libros tuyos tenía.
    “Tenemos que conseguir los que faltan nene”
    Que se agarre la tarjeta de crédito viejo

  16. matias degra #63    25 febrero, 2016 a las 10:18 am

    Hernan…soy un lector tuyo anonimo desde hace mucho. Hoy me registre porque me senti demasiado identificado.
    Mi hermoso trabajo es ser arquero de futbol. Y antes de domir saco de mis bolsillos una y otra ves atajadas mias, errores que corregir y si tengo suerte algun sueño me acompaña…y sigo atajando…gracias por este relato. Te admiro mucho.

  17. matias fuentes #61    1 respuesta24 febrero, 2016 a las 5:58 pm

    Pero que tipos pelotudos, cómo vas a tener que explicarle a lo que te referías jajaja no hablo el del dialogo imaginario , hablo de algunos comentarios que tuvieron qyue leerlo dos veces y otros que directamente no entendieron o no tienen conciencia jaja
    Grande Hernan, abrazo

    1. Matias Fernandez    25 febrero, 2016 a las 1:17 am

      Y viste es asi… Segun mi experiencia en este blog hay de dos clases, los que no entienden a Hernan y los que no entienden los post de otros lectores. Asi como es importante convivir con el idiota que llevamos dentro, hay que saber convivir con ambas clases de pelotudos.

  18. fabian Berenstein #59    24 febrero, 2016 a las 10:50 am

    Parece que llego a la noche demasiado hecho mierda y me estoy perdiendo algo.Probaré acostarme un rato antes.La cuestión es la mañana. Los mismos casilleros libres.

  19. Nazareno Reschini #58    1 respuesta24 febrero, 2016 a las 10:12 am

    Los futbolistas que vivimos de otra cosa, coleccionamos aquellos goles o jugadas que hicimos y que casi nadie vio o recuerda.
    Nos hace sentir que fuimos algún chico de la película.

    1. Matias Fernandez    24 febrero, 2016 a las 4:50 pm

      A mi me pasaba lo mismo hasta que hice un gol con “caño a Yepes” al arquero incluido, encerrado contra el banderín de corner y jugando de primera apenas la recibí. El arquero me aplaudió y todo, como soy un jugador que podria llamarse y con justicia “un defensor rustico”… rustico rustico, se que ese “ataque de habilidad” como suele llamarse en las canchitas de los barrios del conurbano bonaerense, jamas en mi reputisima vida se va a repetir. De que sirve coleccionar jugadas que casi nadie vió y casi nadie recuerda si ya tenes la mejor de todas? Bienaventurados aquellos a quienes aun no les ha salido la jugada de su vida ya que después de eso, los años transcurren llenos de nada.

  20. Santiago Pazmiño #57    2 respuestas24 febrero, 2016 a las 6:00 am

    Como dijiste Hernán, ¡no se de qué estás hablando!

    Creo que quien colecciona merece mi respeto, es lo más parecido a ser fan de algo y yo no soy fan de nada. Bueno, de nada que yo sepa.

    Por cierto, Chichita comenta casi como tu escribes. Lo sacaste de ella?

    Abrazos.

    1. Matias Fernandez    1 respuesta24 febrero, 2016 a las 6:35 am

      A veces se me ocurre preguntarme a mi mismo si realmente es Chichita o es el gordo haciendose pasar otra vez por un ama de casa cincientona y querible. Me lo pregunto a mi mismo y no a Hernan porque dudaría de la respuesta que me dé, sea cual sea. Prefiero pensar que si, que Chichita nos acompaña y lee nuestros comentarios con ese orgullo que Hernan parece creer que ella no sienten por él.

          1. Carlos Mariano    25 febrero, 2016 a las 1:14 am

            Hola Chichita, es agradable leer tus comentarios. Sin mucha creatividad de mi parte podría decir: “de tal palo tal astilla”
            Sabiendo que leés con atención todos los comentarios, imagino que intercambiarás opiniones sobre ellos con Hernán, o quizás simplemente aquellas cosas que te llamen la atención se transformen en esas minucias que con ambición y ansiedad Hernán colecciona cada noche antes de quedarse dormido.

  21. Netalga #53    23 febrero, 2016 a las 11:53 pm

    Un lector gallego tiene que ser muy imaginario para decir ‘te alcanza’.
    Claro, que este tiene un póster del Real Madrid ‘al costado’ de la cama. (Para decir ‘al costado’ tienes que estar traduciendo directamente del catalán, entonces sería el equipo de fútbol lo raro aquí…)
    Los gallegos han sido inevitablemente colonizados por la argentinidad; no hay más que verlos pasear con el mate y el termo bajo el brazo, en vez del tradicional jamón de bellota que siempre han llevado con orgullo patrio.

  22. Jacque #52    1 respuesta23 febrero, 2016 a las 11:52 pm

    Al igual que @NICOBONDER, coleccionaba discusiones con mi jefe. Pero acaba de despedirme y no pienso ser empleada de nadie mas, así que ahora tengo que pensar bien qué voy a coleccionar…Mientras no sean cuentas por pagar, cualquier cosa va a ser mejor que las discusiones con ese insoportable.

    1. Matias Fernandez    24 febrero, 2016 a las 6:58 am

      Hace poco deje de ser empleado y pasé a tener mi propio negocio. “Que bueno ser tu propio jefe, nadie te rompe las pelotas” dice la gente … Yo tambien lo decía, lo que muy pocos saben es que cuando trabajas por tu cuenta la mayor parte del tiempo no sos tu propio jefe, sos tu propio empleado. A un jefe simplemente jefe le podes tirar la ley laboral o algun convenio colectivo a la primer resaca, un autojefe te hace laburar los feriados y ni juicio le podes hacer. Te aviso esto para prevenirte y evitarte que empieces a coleccionar discusiones con vos mismo.

¿Desea algo más del sr. Casciari?