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Pausa
Solamente puedo escribir cuando se me antoja. No tengo eso que se llama el oficio. Para peor, se me antojan pocos temas: mi hija, los cambios en la sociedad, el fútbol, la hipocresía en las relaciones y la exageración de un tiempo anterior o un sitio querido. En doce años de archivos no encontrarán más que variaciones sobre esos tópicos. También verán, si navegan un poco, un par de baches de silencio en el blog. Estoy en medio de uno.
Debo advertir, antes que nada, que no sé cómo salió el partido entre Argentina y Alemania. No sé si a estas horas del domingo, mientras ustedes leen el diario, estaremos felices o estaremos tristes. Hoy para mí es viernes y el partido todavía no se jugó. Como ven, tengo la ridícula misión de escribir mi columna un día viernes para que se publique el domingo: son las leyes de la imprenta.
«Un programa de televisión humilla y alarma a poblaciones indígenas para hacer una broma solidaria», titulaba, con letras de molde, un periódico digital español el jueves pasado, y mostraba imágenes de niños correntinos llorando cuando un actor, disfrazado de empresario canadiense, fingía mandar a una topadora a borrar del mapa un colegio, o expropiar unas tierras.
El año pasado, una serie norteamericana muy famosa hizo aparecer a uno de sus personajes leyendo una novela de Bioy Casares. La serie se llama Lost, y la novela de Bioy es La invención de Morel.
Aquí, en España, el negocio del fútbol también genera divisiones políticas, debates, llamadas de trasnoche y comisiones millonarias. En este momento, mientras escribo, se están repartiendo la torta del mismo modo que en Argentina.
Un turista, de paso por Buenos Aires, narraba absorto su primer viaje desde Ezeiza hasta el centro de la ciudad.
Cuesta más de una sobremesa, e infinidad de gestos y ademanes, explicarle a un ciudadano europeo de mediana edad el significado de las candidaturas testimoniales en la Argentina.