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Pausa
En las últimas semanas la prensa española se hizo eco de las incidencias, detalles y comidillas del último fenómeno de la televisión argentina: «Gran Cuñado».
Desde el 5 de septiembre de 1993 (y así será hasta el fin de los tiempos), cada vez que un colombiano se encuentre en el extranjero con un argentino, la conversación se detendrá siempre en «la manita».
La prensa europea me está sorprendiendo estos días. Le está dando a la tragedia de Haití una cantidad de páginas en prensa, y de minutos en televisión, muy superior a la que suelen dar a la gente negra que se muere en países distantes y pobres.
Se acaban de prohibir en España las propagandas de televisión que promuevan el culto al cuerpo.
Las imágenes violentas que ocurren en las escuelas del mundo se ven, ahora, por la tele: un alumno italiano manosea a su profesora ante la burla cómplice de sus compañeros; dos chicas, en un aula de México, se golpean hasta sacarse sangre (pero ninguna llora); una docente argentina lleva el pelo en llamarada mientras un estudiante escapa, encendedor en mano...
De repente, un video de You Tube recibe un millón de visitas. Su autora, una gordita de Illinois, escribe con el culo en una pizarra. En casa de la gorda suena el teléfono sin parar. Llaman las radios, la televisión comarcal y tres diarios regionales. Es un día de locos. La madre de la gorda no entiende, pero comienza a sentirse orgullosa. Dos días más tarde la gordita saldrá al aire en el show más visto de la cadena NBC. Y después ya no ocurrirá más nada. Silencio. La gorda intentará grabar otras hazañas, pero su momento habrá pasado.
Una tarde de 1990 fui a tomar la leche a la casa de un muchacho que se llamaba Diego Grillo Trubba. No me acuerdo bien por qué, pero en la reunión había otra gente y el asunto tenía que ver con la literatura. Fue la única vez que vi a ese chico en mi vida, y después pasaron casi veinte años. Hace unos meses reapareció su nombre en mi casilla de correos: el mismo muchacho, ya grande, me invitaba a participar de una antología de cuentos que hoy publica Mondadori (sólo en Argentina, creo) y que se llama «Uno a uno».
Ayer el doctorcito V. estaba en medio de nuestra charla semanal y le dio la risa tonta, quién sabe por qué. Y un segundo más tarde se ruborizó, bajó la vista y creí oírle decir: «Corta, corta». Entonces supe que quizás todo sea una farsa. Como en el Show de Truman, por ejemplo. Comencé a pensar que tal vez este hospital sea un tinglado, un plató, y que nosotros, los treinta y dos enfermos, seamos quizás participantes de un reality. «Gran Enfermo», por ejemplo.
Aquí, en el hospital, hay un solo televisor para treinta y dos enfermos. Pero ese no es el problema. El problema es que hay cuatro mandos a distancia para el mismo televisor. Los mandos a distancia tienen el mismo valor que el dinero fuera de aquí. El que tiene el mando, tiene el poder.